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La contemplación de la eternidad en el movimiento mismo de la vida.

De nuevo tomo la cita de Barbery en La elegancia del erizo.

Siempre he sentido una fascinación especial por el vínculo ciencia-arte para crear algo mágico, en este caso, una escultura líquida y en movimiento que desafía las leyes de la física clásica: la gravedad. La escultura es de Sachiko Kodama.

Note to self: buscar en la biblioteca central al fisiócrata Quesnay

“Tuve un sueño que no era del todo un sueño.

El brillante sol se apagaba, y los astros

Vagaban apagándose por el espacio eterno,

Sin rayos, sin rutas, y la helada tierra

Oscilaba ciega y oscureciéndose en un cielo sin luna.

La mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día,

Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror

De esta desolación, y todos los corazones

Se congelaron en una plegaria egoísta por luz,

Y vivieron junto a hogueras, y los tronos,

Los palacios de los reyes coronados, las chozas,

Las viviendas de todas las cosas que habitaban,

Fueron quemadas en los fogones, las ciudades se consumieron,

Y los hombres se reunieron en torno a sus ardientes casas

Para verse de nuevo las caras unos a otros.

Fragmento del poema Darkness, de Lord Byron.

La camelia sobre el musgo del templo, el violeta de los montes de Kyoto, una taza de porcelana azul, esta eclosión de la belleza en el corazón mismo de las pasiones efímeras, ¿no es acaso a lo que todos aspiramos? ¿y lo que nosotros, civilizaciones occidentales, no sabemos alcanzar?

La contemplación de la eternidad en el movimiento mismo de la vida.

Extracto del diario de René Michel, La elegancia del erizo, Muriel Barbery.

September 2009
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